Playas de Tijuana

Enero 30 del año 2020

Recuerdo cuando mi padre llegaba de Estados Unidos. Usualmente volvía con una maleta militar llena de ropa para mí y para mi madre y otra más con chácharas y también algo de ropa para la familia. En casa de mis tíos, en donde siempre se daba la bienvenida a mi padre y a los tíos que volvían del gabacho, se armaban tertulias en que se relataban las experiencias de cada uno de ellos. Hablaban de Los Angeles, Hollywood, Las Califas –refiriéndose a California–, Nuevo Laredo, Mexicali y, por supuesto, de Tijuana. Mi padre a menudo me contaba algunas de sus experiencias en la frontera. En particular me gustaba escuchar aquellas en que cruzaba al otro lado: a veces lo hacía en una camioneta amontonado con más personas y otras cruzaba el desierto caminando. Siempre me quedaba sorprendido al escuchar aquellas historias.

Ahora, después de estos años, comprendo mejor la necesidad de muchos latinoamericanos de cruzar la frontera hacia EE. UU. en busca de una oportunidad para mejorar su situación económica sin importar el gran riesgo. Hay quienes cruzan todo México sobre un tren con el peligro de caer y ser mutilados, y otros afrontan el abuso de la policía, el narco o la mafia, así como secuestros, golpes y extorsiones.

Hace algunos meses tuve la oportunidad de visitar Tijuana. Cuando salí del aeropuerto, sentí (de la misma forma que si visitara otro estado) no sólo un cambio de clima, sino uno cultural. No obstante, esta vez fue algo diferente a otras. No sólo me sentía ajeno a la ciudad, sino que, tal vez exagero un poco, me sentía como extranjero. El taxista con el que viajaba me platicó sobre los diferentes tipos de marihuana que pasan del gabacho a México, sobre algunos bares que me recomendaba visitar en la Sexta (esa icónica calle de Tijuana famosa por su gran cantidad de bares y por sus acontecimientos de violencia), y sobre los migrantes de Haití y Honduras que no logran cruzar al otro lado y terminan por establecerse y hacerse de un trabajo. Cuando al fin llegamos a mi destino y bajé del taxi, me ubiqué entre la Sexta y Avenida Revolución y me sentí cómodo y con la seguridad de sacar la cámara e intentar fotografiar sin tanta discreción. Conforme caminaba, noté algunos detalles que me recordaron las historias de mi padre y mis tíos acerca de Hollywood y Los Angeles. En el piso había un tramo con estrellas en las que estaban escritos los nombres de algunos artistas; en los cruces peatonales, mientras esperaba el cambio del semáforo, a menudo veía estadounidenses. Caminé por Avenida Revolución hasta dar con una esquina en la que estaban algunos grupos de mariachis; ahí, al levantar la mirada, noté un señalamiento que decía Old Town Tijuana, el cual inmediatamente me intrigó. En seguida caminé en esa dirección con cámara en mano y atento a cualquier evento para capturarlo; conforme avanzaba, comencé a sentir una atmósfera diferente: las fachadas de los establecimientos eran distintas y el rostro de las personas también cambiaba. Como animales al acecho, mis ojos se concentraban y ansiaban el hallazgo de un buen momento o sujeto para fotografiar. Sin embargo, me di cuenta de que andaba por una zona de riesgo al ver cómo algunas personas estaban atentas a mis movimientos. Incluso observé a algunas jóvenes con vestidos llamativos que, en su mayoría, no tenían más de veinte años y cuyas miradas se veían decaídas, agotadas y sin esperanza. Continué mi camino hasta el final de la calle y después decidí ir a la habitación en donde me hospedaría para dormir un rato.

La noche de ese mismo día iría con unos camaradas a un toquín de psychobilly: el Tijuanamaniac. Al salir de nueva cuenta después de aquella siesta, todo había cambiado; presenciaba la vida nocturna de Tijuana: puestos de burritos, luces de neón y la banda en la calle, animosa por echar el cotorreo en compañía de unas frescas y disfrutar de buena música y un buen ambiente.

Al día siguiente, después de comprar una dotación suficiente de chelas para el resto del día, decidimos ir a Playas de Tijuana. Tomamos un taxi en Avenida Revolución; a través de la ventana, se podía ver el extenso recorrido de barrotes rojos que forman el muro de la frontera con EE. UU., el cual pasa sobre las montañas. Al llegar a Playas, en seguida decidimos adentrarnos en la arena para disfrutar de la deliciosa cerveza mientras caminábamos por la costa. Todo iba normal. Tranquis, ya saben: arena, playa, cerveza… Conforme andábamos, noté que aquel muro de barrotes rojos que veía desde el taxi se extiende hasta la orilla del mar y más adentro. En él están escritas frases como: “Aquí también hay sueños”, “No los olvidaremos”, “Puentes/no muros”.

Muchas personas, incluyéndome, nos asomamos por entre los barrotes hacia el otro lado, donde todo aparenta ser igual. Solo está esa línea divisoria. Muchos del otro lado también intentaron acercarse, pero parecía que nadie se decidía. Al fin un par de güeras lo intentaron cuando, de repente, a determinada distancia se escuchó el sonido de una patrulla; inmediatamente las chicas detuvieron el paso y sólo hicieron un saludo con la mano y tomaron fotos a los que estábamos con la cara asomada.

Vivimos en un planeta que lo tiene todo, que nos da todo; sin embargo, percibo, más que nada, que algunos países intentan apropiarse de lo que en realidad pertenece a todos y que nosotros mismos intentamos delimitar. Delimitamos la tierra, el conocimiento y la cultura cuando, por el contrario, deberíamos compartir y respetar, y ayudar a crear un mundo mejor.
Así fue mi corto viaje por la hermosa ciudad de Tijuana. Si algún día la visitan, asegúrense de probar la birria, echarse una chela en un bar de la Sexta y pasearse por el Old Town Tijuana. Y, por supuesto, no olviden comer mariscos y darse un rol por Playas de Tijuana, aquella playa limitada por un pinche muro de hierro.